Memoria permanente de lo inaceptable: pobreza, emigración, Palestina, Siria, Yemen...

miércoles, 16 de agosto de 2017

No olvidemos lo que debe ser todos los amaneceres recordado. La existencia humana es demasiado insólita y prodigiosa para dejarnos manipular y vivir superficialmente, como hojas al viento. 

Los años pasan y las generaciones de palestinos se suceden en medio de la humillación, el sometimiento y el dominio. Vidas enteras en campos de refugiados, vidas enteras marginadas, sin luces consistentes al final del túnel. Es la humanidad entera la que ahora debe alzarse en favor de Palestina y lograr la convivencia pacífica que la mayoría de israelíes y palestinos anhelan, frente a los “ultra” respectivos. 

¡Ya está bien! ¿Alguien ha explicado cómo viven los palestinos y sus reiteradas decepciones en los procesos iniciados y luego truncados durante los 60 años que dura su marginación? ¿Alguien ha contado los asentamientos en tierra palestina, que reducen progresivamente los esfuerzos razonables de convivencia pacífica y convierten a los territorios palestinos en “espacio gruyère”? No podemos seguir de simples espectadores impasibles... No podemos seguir siendo indiferentes... El Papa Francisco nos ha advertido de que “la globalización de la indiferencia” podría ser la causa de trastornos globales moralmente inaceptables. 

Nos están acuciando de tal modo con el presente económico, nos están distrayendo de tal modo con la “burbuja” mediática del entretenimiento..., que olvidamos lo que deberíamos, por dignidad, por solidaridad, por justicia, recordar cada instante: los grandes desafíos actuales –hambre, pobreza extrema, desgarros sociales, víctimas de grandes catástrofes naturales (Haití...) o bélicas (Siria...), deterioro del medio ambiente... y el futuro! 

No podemos seguir tolerando que sean sólo unos cuantos los que tengan en sus manos las riendas del destino común y que el resto (la gran mayoría de la humanidad) continúe aturdido, sumiso, sobreviviendo a duras penas en muchas ocasiones, sin que las comunidades científica, académica, intelectual, artística... asuman el liderazgo que les corresponde en el “despertar” que, en cualquier caso, se avecina. 

Y en el centro de los motivos esenciales para desentumecer la voluntad y conciencia colectivas está Palestina. Una y otra vez los esfuerzos y las ilusiones de llegar al final del proceso de paz y convivencia se ven frustrados por una despiadada, perseverante, poderosa, violenta y altiva actitud del gobierno israelí. 

Iniciemos el camino del mañana que soñamos, en el cual uno de los primeros objetivos es, precisamente, la transición de una cultura de imposición y fuerza a una cultura de paz y conciliación en Palestina. No olvidemos a Palestina ni un día más. 

A unos y otros, a los sectarios, a los dogmáticos... que utilizan las más abyectas formas de dominio, debemos oponer una unión ciudadana a escala mundial, un apoyo “de los pueblos” de tal magnitud, un clamor de tal eco, que se asegure su derrota. 

No podemos seguir callados... ¡Delito de silencio... y de indiferencia! No podemos seguir aceptando lo inaceptable. Debemos alzarnos en un gran clamor y decir ¡Basta!

Trump boicotea a la humanidad. Boicot a Trump

sábado, 29 de julio de 2017

Como científico especializado en procesos potencialmente irreversibles –alteraciones metabólicas del neonato que cursan, si no se tratan a tiempo, con grave y permanente deterioro neuronal- escribí en 1984 mi primer ensayo titulado “Mañana siempre es tarde”. En los últimos años he reiterado, con apremio creciente, la alarma que reclama el análisis riguroso del conocimiento científico adquirido sobre la sucesiva pérdida de calidad de la habitabilidad de la Tierra y, en particular, sobre el cambio climático. 

Es necesaria e inaplazable la adopción de medidas correctoras para evitar situaciones que marcarían históricamente la incapacidad y oprobio de los actuales pobladores de la Tierra que no supieron cumplir con sus responsabilidades intergeneracionales. 

Hace ya mucho tiempo -en 1947- la UNESCO creó la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCM), y puso luego en marcha los programas internacionales geográfico (IGP), hidrológico (IHP), oceanográfico (COI), el “Hombre y la Biosfera”, las Reservas de la Biosfera… Aurelio Peccei, fundador del Club de Roma, ya advirtió en 1971, en “Los límites del crecimiento”, la necesidad imperiosa de adaptar el crecimiento a las exigencias de un mundo finito. Y la Academia de Ciencias de los Estados Unidos alertó al mundo, en 1979, sobre las excesivas emisiones del CO2 y la agresión a la capacidad de recaptura por parte de los océanos -“pulmones de la Tierra”- debido a que el lavado de los fondos de los tanques petroleros en alta mar en lugar de hacerlo en las instalaciones portuarias adecuadas, asfixiaba el fitoplancton, cuyo papel es esencial para transformar en hidrocarburos el anhídrido carbónico… Y en la década de los 80, la Comisión presidida por la Primer Ministra de Noruega, Gro Harlem Brundtland, estableció que el desarrollo debía ser “sostenible” además de integral y endógeno, para poder asegurar, produciendo de nuevo lo que se consume, una estabilidad suficiente de las características ambientales terráqueas. Y Maurice Strong ya había contribuido a la fundación del Programa Medioambiental de las Naciones Unidas (UNEP) y fue luego el gran impulsor y Secretario General de la “Cumbre de la Tierra”, celebrada en Río de Janeiro en 1992, de la que salió la “Agenda 21”. Y el Panel de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático… y la Cumbre de la Unión Europea en Lisboa en el año 2000, que propuso una economía basada en el conocimiento para un desarrollo global sostenible y humano, que sustituyera a la actual economía de especulación, deslocalización productiva y guerra (4 mil millones de dólares al día en armas y gastos militares, al tiempo que se mueren de hambre más de 20.000 personas!)… 

Y, ya más cerca, la recomendación expresa del Papa Francisco y del Presidente Obama, los Acuerdos de París sobre Cambio Climático y los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para el período 2015-2030. Parecía que, por fin, gracias a las Naciones Unidas, se había conseguido que los países se dieran cuenta de que era imprescindible actuar sin demora… a pesar de las objeciones que llegaban de los omnívoros “mercados” (poder mediático incluido). 

Poco ha durado el respiro de satisfacción que miles de millones de seres humanos (algunos con plena conciencia, otros sin apercibirse) pudieron experimentar. El insólito Presidente Trump ha dicho que NO a los ODS y a los Acuerdos de París… y, obedientes, sumisos, los países de los grupos plutocráticos (G7, G8….) no sólo han asumido aumentos considerables en las inversiones militares y de armamento, sino que -¡qué indecencia!- han eliminado de las agendas de los encuentros el cambio climático y los Objetivos de Desarrollo Sostenible. 

“NOSOTROS, LOS PUEBLOS…” DEBEMOS REACCIONAR. Ahora ya podemos expresarnos. Debemos reaccionar y hacerlo masivamente, en grandes clamores populares. 

DEBEMOS anunciar que si Trump boicotea a la humanidad, afectando de manera irreversible el futuro de los seres humanos en su conjunto, la HUMANIDAD boicoteará a Trump, dejando, por ejemplo, de adquirir productos norteamericanos. Y no permitirá que unos gobernantes miopes y amilanados adquieran más aviones para incrementar el poder de unos cuantos, hundiendo al mundo en su conjunto -ellos también- en una situación irreparable. 

Ha llegado el momento de no tolerar ni un día más estas irresponsables actuaciones. 

Ha llegado el momento de los pueblos. 

¡La voz del pueblo! En otro caso, delito de silencio.

Globalización de la indiferencia

jueves, 20 de julio de 2017

“De olvido moriréis…” 

Recuerdo con profunda gratitud la perseverancia de Forges reiterando en sus viñetas la tragedia de Haití… y la de muchos seres humanos después de catástrofes naturales o provocadas, haciendo especial hincapié en las circunstancias de extrema pobreza y desamparo en que viven cada día millones de personas sin que se les preste la menor atención por considerarlo un “hecho habitual e inevitable”. 

Es imprescindible y apremiante recordar cada amanecer que mueren diariamente de hambre miles de niñas y niños, mujeres y hombres al tiempo que se invierten en armas y gastos militares 4.000 millones de dólares. Es inadmisible desde todos los puntos de vista que, en lugar de elaborar un nuevo concepto de seguridad que no sólo se preocupe y ocupe de los territorios y fronteras sino de la alimentación, acceso al agua potable, servicios de salud, cuidado del medio ambiente y educación de los habitantes de estos espacios tan celosamente protegidos. 

Es una vergüenza que, cuando no hay recursos para la puesta en práctica de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y de los Acuerdos de París sobre Cambio Climático -especialmente cuando el Presidente Trump ha advertido ya que los Estados Unidos no los cumplirán- la única medida que ha merecido el unánime consenso en la Unión Europea, en el G-7 y en el G-20 ha sido la de aumentar los gastos militares! El 17 de julio la prensa anuncia que Francia y Alemania desarrollarán conjuntamente un avión de combate europeo. Yo pensaba que iban a anunciar que se restablecería una ayuda importante al desarrollo de los países que más necesitan asegurar unas mínimas condiciones de vida digna en sus lugares de origen para evitar, precisamente, los flujos emigratorios. Y no hay ninguna reacción. Y los ciudadanos de Europa siguen admitiendo lo inadmisible. 

Se está desaprovechando el inmenso potencial de una tecnología digital que permite que los seres humanos, silenciosos y obedientes desde el origen de los tiempos, puedan expresarse por fin sin cortapisas y defender sus derechos con firmeza. Era de esperar unas reacciones a escala mundial frente a quien atenta contra las condiciones de vida de las próximas generaciones (¡muy próximas!), advirtiendo al magnate que si no cambia radicalmente de criterio, la humanidad, “Nosotros, los pueblos…”, dejaremos, por ejemplo, de adquirir productos norteamericanos… Si Trump “bloquea… ¡bloquearemos a Trump!”. 

No podemos seguir mirando hacia otro lado. No podemos dejarnos anonadar por la vorágine de noticias que nos convierte en espectadores impasibles, dominados por el colosal poder mediático (por las terribles “armas de distracción masiva” en afortunada expresión de Soledad Gallego). 

En París, el 20 de enero de 1990 escribí estos versos al final de un poema: “Sabemos / y por lo tanto / no tenemos excusa. / ¿Cómo podemos / conciliar el sueño / siendo cómplices?”. 

Hasta hace poco no sabíamos lo que sucedía. Ahora sí. Ahora la indiferencia es culposa… “Y no te olvides de Haití… ni de los que se ahogan en el Mediterráneo (más de 6,000 ahogados en 2016 y en 2017 ya van más de 1,600…). “El rayo que no cesa”… y nosotros sin tiempo para reflexionar, para decidir cumplir nuestros deberes, más urgentes ahora por tratarse de procesos en los que pueden alcanzarse puntos de no retorno. ¡Qué afrenta para nuestros hijos y nietos…! 

Cuanto más alerta deberíamos estar, cuanto más reactivos, cuanto más tendríamos que tener en cuenta el mañana… más tenemos en cuenta el presente, más ensimismados nos hallamos, más miopes… y aceptamos sin remordimiento lo inaceptable. ¡Y no te olvides de Haití ni de todos los “Haities”! Allí escribí en enero de 1995: “Se fueron los últimos / soldados / y estalló la paz/ en vuestra vida, / sin reporteros / que filmen/ cómo se vive y muere / cada día. / Ya no saldréis / en las pantallas / para aguar / las fiestas y el vino / de los ricos. / Ya no moriréis / de bala y fuego. / De olvido / volveréis a moriros. / Como siempre.” 

Hambre, desamparo, sumisión. Tenemos que implicarnos decididamente y con denuedo contra todo tipo de violencia. El Papa Francisco decía hace poco que “no es fácil saber si el mundo de hoy es más o menos violento que antes, ni si los medios de comunicación modernos y la movilidad de nuestra era nos hacen más conscientes de la violencia o más acostumbrados a ella”. Recuerdo cuánto me impresionó escuchar al Prof. Juan Antonio Carrillo Salcedo alertarnos, con la anticipación que le caracterizaba, sobre la “globalización de la indiferencia”. 

Es especialmente peligroso y motivo de alarma que el desorden establecido sirva para “normalizar” las progresivas diferencias entre ricos y pobres, entre encumbrados y menesterosos. El clamor popular, la voz de la gente debe promover sin demora el restablecimiento de un multilateralismo democrático, de unas Naciones Unidas que puedan cumplir, con los recursos personales, técnicos, de seguridad y financieros adecuados, la misión que le corresponde a escala planetaria, marginando ya para siempre el nocivo “invento” neoliberal de los grupos plutocráticos (G7, G8, G20). 

Y también en la vida cotidiana una democracia genuina, que no tenga en cuenta a las mayorías numéricas -sobre todo, embravecidas- si no seguir puntualmente los “principios democráticos” que, según la Constitución de la UNESCO, deben “guiar a la humanidad”. 

Ahora ya no hay excusa. Ahora ya no cabe el olvido porque “Nosotros, los pueblos…” podemos expresarnos, podemos participar, libre y responsablemente, de la transición histórica de la fuerza a la palabra.

Incendio en Portugal: una vez más, desprevenidos

jueves, 22 de junio de 2017

Es apremiante un nuevo concepto de seguridad. Disponemos de todos los artilugios para la guerra y carecemos de lo más elemental para la paz: incapaces de cuidar como se merecen los bosques y las tierras, con número insuficiente de bomberos especializados, sin la capacidad de reacción inmediata por parte de los aviones y demás equipos necesarios para sofocar rápidamente las llamas… pero eso sí, no sólo tenemos cazabombarderos a manta, sino que todavía se comete el disparate –no aprobados todavía los presupuestos en el Parlamento- de adquirir nuevos aparatos de guerra. 

Hay que reaccionar. No podemos seguir distraídos. Tenemos que poner en nuestros móviles un ¡NO! rotundo a la forma en que se sigue gobernando, con un concepto de seguridad (http://federicomayor.blogspot.com.es/2016/08/urgente-un-nuevo-concepto-de-seguridad_29.html )que sólo garantiza la salvaguardia de fronteras y territorios pero no se ocupa en absoluto de lo único que importa: los seres humanos que los habitan. 

Los cambios radicales no se producirán desde arriba, está claro, ni por un mundo gobernado por los grupos plutocráticos. Sólo se conseguirá por la voz de “Nosotros, los pueblos”, como tan lúcidamente proclama la primera frase de la Carta de las Naciones Unidas.

INTOLERABLE, IRRESPONSABLE: el incumplimiento del Acuerdo Climático de París por parte de los EE.UU. puede acarrear graves e irreversibles perjuicios a la habitabilidad de la Tierra. Necesidad de una reacción rápida y firme a escala global

viernes, 2 de junio de 2017



El 20 de septiembre de 2016, ante la posibilidad de que llegara a la presidencia de los Estados Unidos Donald Trump y con él  el Partido Republicano, 377 miembros de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos (incluyendo 30 Premios Nobel) publicaron una Carta Abierta ( http://responsiblescientists.org/ )  para llamar la atención sobre los graves riesgos del cambio climático. La Carta advertía sobre las graves e irreversibles  consecuencias para el planeta y la credibilidad de los Estados Unidos, si abandonaran el Acuerdo de París. "El cambio climático no es una creencia, un engaño o una conspiración... el problema del cambio climático causado por el ser humano es real, grave e inmediato, y plantea riesgos significativos para la salud humana, la producción de alimentos y  la red interconectada de sistemas vivos”.

Un "Parexit" -añadían- enviaría una clara señal al resto del mundo de que a los Estados Unidos no les importa el problema global del cambio climático causado por los humanos… Tal decisión haría mucho más difícil desarrollar estrategias globales de mitigación y adaptación al cambio climático. Las consecuencias de optar por quedar fuera de la comunidad mundial serían graves y de larga duración – para el clima de nuestro planeta y para la credibilidad internacional de los Estados Unidos”.

Con fecha 2 de abril de 2017, desde la Fundación Cultura de Paz, se lanzó el  Llamamiento  muy urgente: -¡Frente a graves amenazas globales, ahora sí, ciudadanos del mundo, ¡uníos! (https://llamamientourgenteblog.wordpress.com/ ) que se iniciaba así: “Por primera vez en la historia, la humanidad debe hacer frente a procesos potencialmente irreversibles, de tal modo que, si no se adoptan medidas correctoras a tiempo, podrían alcanzarse puntos de no retorno” y continuaba manifestando que:  “Es inaplazable advertir a escala planetaria de la irresponsabilidad inadmisible en la que incurriríamos si no reaccionamos con firmeza para reconducir las actuales tendencias”.

Tanto la Carta Abierta como el Llamamiento fueron consecuencia del recelo y desconfianza que provocaba la posible llegada a  la Presidencia de los Estados Unidos no sólo del Partido Republicano sino de Donald Trump. Han pasado ya cuatro meses desde la toma de posesión del Presidente Trump. Han sido muchas las decisiones e iniciativas que ha tomado de forma impulsiva e irreflexiva con serias repercusiones para  la gobernabilidad y estabilidad  mundial. 

En el llamamiento se indicaba que: “Los anuncios efectuados por el Presidente electo Trump relativos a las armas nucleares, al rechazo de las Naciones Unidas y al incumplimiento de los Acuerdos sobre el Cambio Climático constituyen una intolerable amenaza global”. Lamentablemente, esos “anuncios” se han convertido en realidad, el día 1 de junio de 2017: Trump comunica desde la Casa Blanca que "considera el Acuerdo de París perjudicial para la economía estadounidense". Está claro que al Presidente no le importa el deterioro de la calidad de vida en la tierra, ni le afecta la de forma irreversible la habitabilidad a escala planetaria... ni piensa en las generaciones que llegan a un paso de nosotros, sus hijos y nietos incluidos... A él sólo le importa la economía de EE.UU.

Pues bien, "nosotros los pueblos" de todo el mundo, afectados por esta irresponsable decisión, decidimos dejar de adquirir productos estadounidenses y a contribuir al negocio de sus compañías.

Es necesario un gran clamor popular y una movilización global para frenar esta decisión que tendrá consecuencias impensables, sobre todo, para las generaciones futuras.

MOVILIZACIÓN, YA: MAÑANA PUEDE SER TARDE

jueves, 18 de mayo de 2017



Ya nos advirtió Martin Luther King que la mayoría de las catástrofes  -que ahora pueden ser, además, irreversibles- no sólo se producían por los errores o la acción de los malvados sino por el silencio de los bondadosos…



Esto es lo que esta sucediendo ahora, con un poder mediático que silencia los acontecimientos que no le convienen y acallan los pocos que se atreven a  exponer sus discrepancias.



“Vergüenza”, dijo el Papa Francisco  en sus breves, espléndidas y desoídas palabras después del “Vía Crucis” del pasado Viernes Santo.  “Vergüenza” sentimos cuando nos damos cuenta de que seguimos mirando hacia otro lado en lugar de acoger a los refugiados, como es nuestro deber humano y su derecho…  Y cuando en lugar de incrementar los fondos para el desarrollo sostenible los reducimos y mantenemos a los inmigrantes en auténticos “campos de concentración”…  Y cuando olvidamos que durante el año 2016 más de 6,000 seres humanos han fallecido en el Mediterráneo, Mare Nostrum ensangrentado, fosa común culposa…  Y cuando aumentamos las ya inmensas inversiones (4,000 millones de dólares al día) en armas y gastos militares al tiempo –no me canso de repetirlo- que siguen muriendo de hambre varios millares de personas al día, la mayoría niñas y  niños de 1 a 5 años de edad…



Vergüenza, ya lo he escrito, porque en la reciente reunión de los “cuatro grandes” de la Unión Europea, celebrada en Madrid, lo único que se les ocurrió, en lugar de abordar la urgente necesidad de completar una maltrecha Unión monetaria con una Unión social, política y cultural, basada en los principios y valores originales, fue incrementar el presupuesto bélico. Y, al día siguiente, vergüenza mayúscula porque en la reunión del grupo plutocrático G-7 en Roma, no sólo se accedió también, con increíble tibieza, a los requerimientos sobre seguridad del insólito presidente Trump, sino que -¡qué espanto!- se eliminaron de la agenda las apremiantes medidas para frenar el cambio climático, responsabilidad intergeneracional inaplazable.



Y vergüenza y pesar democrático en nuestro país al ver que se “compran votos” con la promesa de inversiones públicas… y nos aconsejan “mirar hacia otro lado”.



Vergüenza cuando no se adoptan medias tajantes frente a los peligrosísimos brotes de prevalencia étnica, xenofobia, racismo, fanatismo.



Vergüenza de haber aceptado una concentración de poder sin precedentes y que las Naciones Unidas se hayan sustituido por grupos de los países más prósperos que  han pretendido la gobernanza mundial de ¡193 países!  Vergüenza de que, además, los valores éticos en que se basa el sistema multilateral democrático se hayan sustituido por los valores bursátiles.



Ha llegado el momento de “Nosotros, los pueblos…”, como tan lúcidamente establece la primera frase de la Carta de las Naciones Unidas.  Esta es la resolución mundial de los que, ahora que ya pueden expresarse libremente, deben tomar en sus manos las riendas del destino común.



Y, de forma inmediata, exigir unas reformas que permitan que, con representación de la sociedad civil y la incorporación de dos Consejos de Seguridad adicionales –el Socioeconómico y el Medio Ambiental- se adopten, frente a amenazas globales, medidas globales que permitirían reconducir las erráticas y erróneas tendencias actuales.



Movilización inmediata.  Los intelectuales, artistas, científicos, universidades, universitarios… deberían liderarla.  Mañana puede ser tarde.

LA PAZ EN COLOMBIA: DE LO IMPOSIBLE A LO POSIBLE

miércoles, 17 de mayo de 2017


El Presidente de Colombia, D.  Juan Manuel Santos pronunció, al recibir el Premio Nobel de la Paz en Oslo el día 10 de diciembre de 2016, un excelente discurso del que pueden extraerse muchos mensajes, consejos y lecciones que, en al actual páramo, pueden tener una gran influencia e impulsar y animar a quienes se hallan con frecuencia convencidos de que los imposibles hoy no pueden ser feliz realidad mañana.

Al tiempo que incluyo en la Web el texto íntegro, publico a continuación algunos párrafos especialmente relevantes, con el deseo de que fomenten la esperanza y la perseverancia en muchos lectores.

Ahora ya podemos expresarnos. Ahora ya, “Nosotros, los pueblos”… tenemos el deber de actuar responsablemente.  “Todo está por hacer y todo es posible… pero, ¿quién sino todos?”, escribió Miquel Marti i Pol.

Es apremiante enderezar múltiples tendencias presentes.  Sometidos a “potentes armas de distracción masiva”, en feliz expresión de Soledad Gallego Díaz, que no me canso de repetir, es imperativo ser capaces de sustraernos y, con la mirada puesta en las generaciones venideras, unir nuestra voz a un gran clamor popular para la transición de la fuerza a la palabra, para dejar de invertir colosales sumas en armas y gastos militares y poder hacerlo para, todos iguales en dignidad, favorecer un desarrollo humano y sostenible a escala global.

Ahora, ya podemos.  No tenemos excusa.

Las palabras del Presidente José Manuel Santos constituyen un magistral estímulo:

Hace tan solo seis años los colombianos no nos atrevíamos a imaginar el final de una guerra que habíamos padecido por medio siglo. Para la gran mayoría de nosotros, la paz parecía un sueño imposible, y era así por razones obvias, pues muy pocos –casi nadie– recordaban cómo era vivir en un país en paz.

Hoy, luego de seis años de serias y a menudo intensas, difíciles negociaciones, puedo anunciar a ustedes y al mundo, con profunda humildad y gratitud, que el pueblo de Colombia –con el apoyo de nuestros amigos de todo el planeta– está haciendo posible lo imposible.

La guerra que causó tanto sufrimiento y angustia a nuestra población, a lo largo y ancho de nuestro bello país, ha terminado.

Al igual que la vida, la paz es un proceso que nos depara muchas sorpresas.

Tan solo hace dos meses, los colombianos –y de hecho el mundo entero– quedamos impactados cuando, en un plebiscito convocado para refrendar el acuerdo de paz con las FARC, los votos del “No” superaron por estrecho margen a los votos del “Sí”.

Fue un resultado que nadie imaginaba.

Una semana antes, en Cartagena, habíamos encendido una llama de esperanza al firmar el acuerdo en presencia de los líderes del mundo. Y ahora, de repente, esta llama parecía extinguirse.

Muchos recordamos entonces un pasaje de Cien Años de Soledad, la obra maestra de nuestro Premio Nobel, Gabriel García Márquez, que de alguna manera reflejaba lo que estaba pasando:

“Era como si Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad de asombro, y mantuviera a los habitantes de Macondo en un permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación, hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta dónde estaban los límites de la realidad”.

Los colombianos nos sentíamos como habitantes de Macondo: un lugar no solo mágico sino también contradictorio.

Como Jefe de Estado, entendí la trascendencia de este resultado adverso, y convoqué de inmediato a un gran diálogo nacional por la unión y la reconciliación.

Me propuse convertir este revés en una oportunidad para alcanzar el más amplio consenso que hiciera posible un nuevo acuerdo.

Me dediqué a escuchar las inquietudes y sugerencias de quienes votaron “No”, de quienes votaron “Sí”, y también de los que no votaron –que eran la mayoría–, para lograr un nuevo y mejor acuerdo, un acuerdo que toda Colombia pudiera apoyar.

No habían pasado cuatro días desde el sorprendente plebiscito, cuando el Comité Noruego anunció una decisión igualmente sorprendente sobre la concesión del Premio Nobel de Paz.

Y debo confesar que esta noticia llegó como un regalo del cielo. En un momento en que nuestro barco parecía ir a la deriva, el Premio Nobel fue el viento de popa que nos impulsó para llegar a nuestro destino: ¡el puerto de la paz!

Gracias, muchas gracias, por este voto de confianza y de fe en el futuro de mi país.

Hoy, distinguidos miembros del Comité Noruego del Nobel, vengo a decirles a ustedes –y, a través suyo, a la comunidad internacional– que lo logramos. ¡Llegamos a puerto!

Hoy tenemos en Colombia un nuevo acuerdo para la terminación del conflicto armado con las FARC, que acoge la mayoría de las propuestas que nos hicieron.

Este nuevo acuerdo se firmó hace dos semanas y fue refrendado la semana pasada por el Congreso de la República, por una abrumadora mayoría, para que comience a incorporarse a nuestra normatividad. El largamente esperado proceso de implementación ya comenzó, con el aporte invaluable de las Naciones Unidas.

Con este nuevo acuerdo termina el conflicto armado más antiguo, y el último, del Hemisferio Occidental.

Con este acuerdo –como dispuso Alfred Nobel en su testamento– comienza el desmantelamiento de un ejército –en este caso un ejército irregular– y su conversión en un movimiento político legal.

Con este acuerdo podemos decir que América –desde Alaska hasta la Patagonia– es una zona de paz.
Y podemos hacernos ahora una pregunta audaz: si la guerra puede terminar en un hemisferio, ¿por qué no pueden algún día los dos hemisferios estar libres de ella? Tal vez, hoy más que nunca, podemos atrevernos a imaginar un mundo sin guerra.

Lo imposible puede ser posible.

La victoria final por las armas –cuando existen alternativas no violentas– no es otra cosa que la derrota del espíritu humano.

Vencer por las armas, aniquilar al enemigo, llevar la guerra hasta sus últimas consecuencias, es renunciar a ver en el contrario a otro ser humano, a alguien con quien se puede hablar.

Dialogar… respetando la dignidad de todos. Eso es lo que hicimos en Colombia. Y por eso tengo el honor de estar hoy aquí, compartiendo lo que aprendimos en nuestra ardua experiencia.

El primer paso, uno crucial, fue dejar de ver a los guerrilleros como enemigos, para considerarlos simplemente como adversarios.

Humanizar la guerra no es solo limitar su crueldad, sino también reconocer en el contrincante a un semejante, a un ser humano.

Por eso este premio lo recibo en nombre de cerca de 50 millones de colombianos –mis compatriotas– que ven, por fin, terminar una pesadilla de más de medio siglo que solo trajo dolor, miseria y atraso a nuestra nación.

Y lo recibo –sobre todo– en nombre de las víctimas; de más de 8 millones de víctimas y desplazados cuyas vidas han sido devastadas por el conflicto armado, y más de 220 mil mujeres, hombres y niños que, para nuestra vergüenza, han sido asesinados en esta guerra.

Las víctimas quieren la justicia, pero más que nada quieren la verdad, y quieren –con espíritu generoso– que no haya nuevas víctimas que sufran lo que ellas sufrieron.

Y ésta es la gran paradoja con la que me he encontrado: mientras muchos que no han sufrido en carne propia el conflicto se resisten a la paz, son las víctimas las más dispuestas a perdonar, a reconciliarse, y a enfrentar el futuro con un corazón libre de odio.

Varias lecciones se pueden derivar del proceso de paz en Colombia, que quisiera compartir con el mundo:

Hay que prepararse y asesorarse debidamente, analizando qué falló en previos intentos de paz en el propio país, y aprendiendo de los éxitos y fracasos de otros procesos de paz.

Hay que fijar una agenda de negociación realista y concreta que resuelva los asuntos directamente relacionados con el conflicto, y que no pretenda abarcar todos los problemas de la nación.

Hay que adelantar las negociaciones con discreción y confidencialidad, para que no se conviertan en un circo mediático.

Hay que estar dispuestos a tomar decisiones difíciles, audaces, muchas veces impopulares, para lograr el objetivo final de la paz.

También logramos algo muy importante, que fue convenir un modelo de justicia transicional que nos permite obtener el máximo de justicia sin sacrificar la paz.

No me cabe duda de que este modelo será uno de los grandes legados del proceso de paz de Colombia.

Y no puedo dejar pasar la oportunidad de reiterar hoy un llamado que he hecho al mundo desde la Cumbre de las Américas de Cartagena en el año 2012, y que condujo a una sesión especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas en abril del presente año.

Me refiero a la urgente necesidad de replantear la Guerra mundial contra las Drogas, una guerra en la que Colombia ha sido el país que más muertos y sacrificios ha puesto.

Tenemos autoridad moral para afirmar que, luego de décadas de lucha contra el narcotráfico, el mundo no ha logrado controlar este flagelo que alimenta la violencia y la corrupción en toda nuestra comunidad global.

En Colombia, también nos han inspirado las iniciativas de Malala, la más joven receptora del Premio Nobel, pues sabemos que solo formando las mentes, a través de la educación, podemos transformar la realidad.

Somos el resultado de nuestros pensamientos; pensamientos que crean nuestras palabras; palabras que crean nuestras acciones.

Por eso tenemos que cambiar desde adentro. Tenemos que cambiar la cultura de la violencia por una cultura de paz y convivencia; tenemos que cambiar la cultura de la exclusión por una cultura de inclusión y tolerancia.

En un mundo en que los ciudadanos toman las decisiones más cruciales –para ellos y para sus naciones– empujados por el miedo y la desesperación, tenemos que hacer posible la certeza de la esperanza.

En un mundo en que las guerras y los conflictos se alimentan por el odio y los prejuicios, tenemos que encontrar el camino del perdón y la reconciliación.

En un mundo en que se cierran las fronteras a los inmigrantes, se ataca a las minorías y se excluye a los diferentes, tenemos que ser capaces de convivir con la diversidad y apreciar la forma en que enriquece nuestras sociedades.

Nada nos diferencia en la esencia: ni el color de la piel, ni los credos religiosos, ni las ideologías políticas, ni las preferencias sexuales. Son apenas facetas de la rica diversidad del ser humano.

Despertemos la capacidad creadora para el bien, para la construcción de la paz, que reside en cada alma.

Al final, somos un solo pueblo y una sola raza, de todos los colores, de todas las creencias, de todas las preferencias.

Nuestro pueblo se llama el mundo. Y nuestra raza se llama humanidad”.

Sí, “nuestro pueblo” se llama el mundo.  Y nuestra raza se llama “humanidad”.  Por esto corresponde a “los pueblos”, en su conjunto, tomar en sus manos las riendas del destino común.